Manuel Velázquez Hernández: soñador de ojos abiertos

Hace un lustro (+1), un 2 de marzo, el padre Manuel Velázquez trascendió a la memoria infinita del corazón, dejando un legado y un vacío, el desafío de seguir soñando y construyendo la justicia económica desde, para y con los pueblos, especialmente los más pobres. Hoy, cuando se cierne sobre la Vida la descarnada pesadilla de la acumulación irrestricta del capital en manos de unos cuantos, a todo costa, a cualquier costo, al irredento precio del despojo y la devastación, honramos su legado vivo con nuestro agradecimiento y renovado compromiso por “un capital en manos del pueblo”.

El Padre Manuel, como le llamaban sus seguidores, fue, por decirlo en pocas palabras, un luchador social, seguidor de la teología de la liberación que veía a sus héroes en el pueblo pobre y bueno, que participó en el Secretariado Social Mexicano cuando ese brazo de la Iglesia Católica dio un viraje a la izquierda (mediante la pastoral social esbozada en Medellín, Colombia) y que dedicó su vida a tratar de que el dinero de los marginados no fuera a parar a los bancos sino que se repartiera en instituciones sociales como las cooperativas de ahorro popular.
Su deceso llegó en un momento curioso: dos días después de la muerte del gran sacerdote y escritor Ernesto Cardenal. Desconozco si se conocieron en vida el poeta y Velázquez, pero seguramente en el cielo de los católicos que exigían justicia en la tierra, ambos tendrán mucho de qué platicar.
Otro dato sobre el momento de la muerte del Padre Manuel, es que llegó unos días antes de que se realice la 83 Convención Bancaria en Acapulco, en donde los banqueros hablarán de los dos dígitos de crecimiento en sus utilidades. Velázquez fue precisamente la voz de quienes se sintieron excluidos por los bancos. Por eso lucho abiertamente por evitar el agiotismo, el anatocismo y otras execrables prácticas financieras. Y por dotar de instrumentos financieros a la población más pobre
Quizá el periodista que más cercano estuvo de él fue Francisco Ortiz Pinchetti, quien lo entrevistó en varias ocasiones y quien el año pasado escribió un artículo para deslindar el movimiento del Padre Manuel, del escándalo en la Caja Libertad, que dio origen a la detención del abogado Juan Collado. En lo personal, lo conocí poco. A través de esas reuniones que se realizaban con sacerdotes en la escuela de periodismo Carlos Septién García, cuando estaba -a principios de los setentas- en la calle de Goldsmith en Polanco.
Las cooperativas de ahorro que fundó (o ayudó a fundar) el sacerdote católico tienen una dimensión social muy lejana a los movimientos financieros de la Caja Libertad y a los escándalos de otras instituciones financieras supuestamente populares. De hecho, fundó la Confederación de Cooperativas de Ahorro y Préstamo de México, que actualmente agrupa a más de 20 federaciones, que a su vez congregan a más de 620 cooperativas de ahorro y préstamo.
La historia de las cooperativas populares comenzó cuando, invitado por su hermano Raúl (también sacerdote y quien fue director del Secretariado Social Mexicano hasta que murió en 1968) lo invitó a integrarse a las actividades sociales de la iglesia. Incluso dejó su parroquia (curiosamente en Atlacomulco, estado de México) para irse a estudiar en la Catholic University of America Washington, hasta terminar el Master of Arts in Sociology y  para conocer, en 1950, el movimiento Antigonish, de Nueva Escocia, Canadá, el cual entremezcla educación para adultos, cooperativismo, micro financiamiento y desarrollo de comunidades rurales, para ayudar a comunidades pequeñas y basadas en sus propios recursos a mejorar desde un punto de vista social y económico.
En 2013, el Poder Legislativo (encabezado en ese momento por Francisco Agustín Arroyo Vieyra y Fernando Bribiesca Sahagún, representantes de la región de El Bajío, la zona de la República Mexicana que, dentro de la Iglesia Católica, más se enfrentó a la teología de la liberación) le impuso la Medalla al Mérito Cooperativista y la Economía Social.
En la entrega del reconocimiento el padre Manuel recordó que cuando regresó a México, “el primer trabajo que se nos encomendó en el Secretariado, fue el de escribir unos folletos y comenzar el trabajo de organización de cooperativas de ahorro y crédito en tres barrios diversos del Distrito Federal; la colonia América Tacubaya, Santa Julia, en la colonia Anáhuac, y San Simón Tolnahuac. Ahí brotaron las primeras cooperativas de ahorro y crédito, que tuvimos que llamar cajas populares, para evitar la suspicacia de la Comisión Nacional Bancaria que, por cierto, no faltó”.
También desde la tribuna legislativa como promotor microfinanciero, Manuel Velázquez Hernández, reiteró su lema: “Por un capital en manos del pueblo”  y concluyó su discurso con otras palabras que también repitió en varias ocasiones: “el héroe de esta historia ha sido el pueblo pobre que captó la idea” de las cooperativas de ahorro y préstamo.
Para conocer más de este personaje, retomo una frase que le dijo al periodista Ortiz Pnchetti, en una entrevista que le hizo en una parroquia de Atzcapotzalco, con motivo del asesinato del arzobispo salvadoreño Oscar Arnulfo Romero (también inspirado en la teología de la liberación) en 1980: “Allí hay un mártir de una fe comprometida; allí hay un campeón de los pobres Allí hay un pequeño David que no vaciló en salir al encuentro del gigante Goliat con una carta en lugar de piedra. Si no cae ahora el gigante, ciertamente seguirán multiplicándose los Davides”.
El padre Manuel también lucho contra los Goliats y ayudo a multiplicar los Davides, a través de sus enseñanzas en la economía popular. Dice el filósofo del metro: hay sotanas que no hacen ruido, pero expelen luces.

Roberto Fuentes Vivar
Análisis a fondo, 4 de marzo de 2020

Honorable asamblea. 

En estas palabras, antes de mostrar mi gratitud a la Comisión de Fomento Cooperativo y Economía Social, permítanme dar gracias a mi creador y señor que me ha concedido llegar a los 90 años de vida, y que tuvo a bien poner en mi vida a mi hermano carnal, el presbítero doctor Pedro Velázquez Hernández, quien me anexó como elemento al servicio de la acción social, desde la insistencia y búsqueda de mi preparación al servicio de la sociedad mexicana.

El padre Pedro fue quien me impulsó a aceptar ir a la Catholic University of America Washington, hasta terminar el Master of Arts in Sociology. Él fue quien me sacó del trabajo de desarrollo social, también que comenzaba en Atlacomulco México, para aceptar volver a estudiar, pero ahora cosas prácticas, yendo a conocer el milagro de Antigonish a Nueva Escocia, Canadá, que consistió en la educación del pueblo por medio de las cooperativas.

Pero sobre todo él, Pedro Velázquez, fue quien me sacó del trabajo parroquial de rutina, para agregarme al equipo sacerdotal del Secretariado Social Mexicano, hasta entonces, organismo oficial de acción social de la Iglesia.

Pedro, mi hermano había recibido para 1948 el nombramiento de director y se afanaba por formar y sustentar un equipo de sacerdotes, promotores de la acción social.

Cuando ingresamos al equipo promotor, a principios del 51, el que éste habla y el finado monseñor Carlos Talavera había hecho él un año completo, y yo unos cuantos meses de estancia, de observación de estudio en Antigonish, Nueva Escocia.

Habiendo vuelto al país; el primer trabajo que se nos encomendó en el Secretariado, fue el de escribir unos folletos y comenzar el trabajo de organización de cooperativas de ahorro y crédito en tres barrios diversos del Distrito Federal; la colonia América Tacubaya, Santa Julia, en la colonia Anáhuac; San Simón Tolnahuac. Ahí brotaron las primeras cooperativas de ahorro y crédito, que tuvimos que llamar cajas populares, para evitar la suspicacia de la Comisión Nacional Bancaria que, por cierto, no faltó.

De inmediato al pueblo captó la idea, brotaron los primeros promotores voluntarios para trabajar su creación en el Distrito Federal, pero poco a poco también fueron llevadas a provincia.

No tengo tiempo para narrar más episodios de aquella siembra y sus primeros crecimientos, pero fue el pueblo el que a la sombra de algunos campanarios encontró, formó a sus primeros propagandistas y dirigentes. 

El Distrito Federal tuvo la desgracia de haber tropezado con el problema de si se debería o no remunerar a los empleados de los primeros gerentes, el DF votó negativamente y así fue como estas cooperativas quedaron casi ninexistentes en el Distrito Federal. El pueblo había captado y llevado a cabo la práctica de su organización conforme a los principios actualizados de Roche y Day.Por eso el héroe de toda esta historia ha sido el pueblo pobre que captó la idea y hoy puede contar con una Confederación de Cooperativas de Ahorro y Préstamo de México, que a su vez está integrada por 20 federaciones regionales y que ya suman o apenas van sumando unos cuatro millones de adherentes. Ellos han sido y son los héroes de esta historia y para ellos y todos los compañeros cooperativistas sea siempre la primera y más grande felicitación.

Debo añadir para terminar por justicia, que fuera de dos o tres primeros folletos el movimiento ha tenido la gran suerte de encontrar en el profesor don Florencio Eguía Villaseñor, a un escritor claro y político, que sigue sirviendo a todo movimiento con su literatura didáctica.

Gracias, también a don Florencio Eguía, a nombre de todo nuestro futuro y presente, y aunque él mismo ha labrado ya su monumento atreviéndose a escribir un diccionario enciclopédico del cooperativismo.

Dicho esto en honor de la verdad, reconozco, agradezco a la comisión y a todos, esta presea como un símbolo de todos estos esfuerzos individuales y conjuntos. Y es mi voluntad, que para su conservación y ha debido tiempo pase a ser considerada y guardada como recuerdo de este cúmulo de esfuerzos que tendrían todos a ir logrando, lo que proclamamos desde las primeras asambleas: por un capital en manos del pueblo. Gracias.

Sergio Méndez Arceo: caminos abiertos, compromisos vigentes

Se cumplen 34 años de la Pascua de don Sergio Méndez Arceo (7º obispo de Cuernavaca y profeta de la solidaridad latinoamericana), y su memoria vuelve a colocarse en medio de nosotras y nosotros no como un recuerdo del pasado, sino como una presencia viva, incómoda y desafiante, que desinstala, que vuelve a poner en evidencia las preguntas que muchos preferirían dar por resueltas. Recordarlo es por ello dejar que su palabra, su práctica pastoral y su posicionamiento político-evangélico sigan interrogando a la Iglesia y a quienes nos decimos creyentes en estos tiempos de incertidumbre e indiferencia global.

Don Sergio fue un hombre de radicalidad evangélica. Su opción por las y los pobres no fue sentimental ni asistencialista; fue estructural, lúcida y políticamente consciente. Entendió, antes que muchos, que la pobreza no es una fatalidad, sino el resultado de sistemas de opresión concretos, sostenidos por intereses económicos, militares y culturales. Por eso su voz no se quedó en la denuncia moral abstracta, sino que se atrevió a señalar responsables, mecanismos y complicidades.

Esa fidelidad a las y los pobres de la tierra le llevó a asumir posiciones firmes frente al imperialismo en sus múltiples rostros, particularmente en América Latina. Su solidaridad con Cuba —clara, pública y perseverante— fue una expresión concreta de su convicción de que los pueblos tienen derecho a decidir su propio camino sin el asedio permanente de potencias que imponen bloqueos, castigos y silencios. Don Sergio defendió la causa de la Revolución cubana desde la dignidad de los pueblos y desde su fe en un Dios que escucha el clamor de los oprimidos, recordándonos que la fe cristiana no puede ser cómplice de ningún sistema que produzca muerte.

Por ello, sostuvo una postura abierta y decidida por el socialismo, como búsqueda histórica de justicia, igualdad y liberación para los pueblos. Miró con simpatía y esperanza las experiencias socialistas que intentaban romper con la lógica del capital y la explotación, y acompañó —con lucidez pastoral y valentía evangélica— el surgimiento de Cristianos por el Socialismo (Chile, 1971), convencido de que no había contradicción entre la fe cristiana y el compromiso revolucionario por transformar las estructuras injustas del capital. Para él, el Evangelio no sólo podía dialogar con el socialismo: encontraba en él un aliado histórico en la lucha por la vida digna, consciente de que no se puede anunciar a un Dios de vida en medio de estructuras de muerte, sin tomar partido.

Como séptimo obispo de Cuernavaca, abrió caminos cuando otros cerraban puertas. Su diócesis fue laboratorio vivo de una Iglesia en salida mucho antes de que la expresión fuera enarbolada como consigna de la reforma eclesial por el papa Francisco en fidelidad creativa al Concilio Vaticano II: renovación litúrgica profundamente encarnada, para que dejara de ser un rito distante y volviera a ser celebración de la vida, de la lucha y de la esperanza; lectura bíblica crítica y comunitaria conectada con la vida y los conflictos del pueblo; formación de agentes pastorales críticos y comprometidos, y una comprensión eclesial menos clerical y más corresponsable, donde el pueblo no era destinatario pasivo, sino sujeto activo en la construcción de la justicia, la fraternidad y la vida digna, en una colaboración cercana con creyentes de distintas tradiciones (praxis ecuménica); entre tantos otros caminos abiertos, por donde nadie pasaba, convirtiéndose –ayer y hoy– en pistas, retos y esperanzas.

En ese caminar se inscribe su cercanía y amistad con Pedro Velázquez y el Secretariado Social Mexicano (SSM), como unacomunión profunda nacida de la certeza de que la fe exige consecuencias históricas económicas, sociales y políticas. Don Sergio supo acompañar, animar y proteger procesos que hoy reconocemos como semillas fundamentales de una Iglesia latinoamericana comprometida con la justicia y la organización popular. Procesos que alimentaron una espiritualidad encarnada, una fe que no rehuía el conflicto, sino que lo asumía como lugar de discernimiento y acción. En ese caminar se gestaron iniciativas proféticas de trabajo social eclesial en espacios que fueron casa, refugio y punto de partida para innumerables personas y proyectos. Tal fue el caso del edificio de Roma 1, en la colonia Juárez de la Ciudad de México –sede histórica del SSM hasta 20241– donde el obispo instaló su primera oficina en 1982, tras renunciar a la diócesis de Cuernavaca y dedicarse de tiempo completo a la solidaridad latinoamericana.

La vigencia de don Sergio Méndez Arceo es incuestionable. En un mundo marcado por nuevas y viejas formas de imperialismo —económico, cultural, militar, financiero— su testimonio nos exige hoy asumir un compromiso político claro, sin eufemismos ni neutralidades cómodas, pues el Evangelio no es neutralporque la vida de los pobres tampoco lo es.

Para todas las personas creyentes y de buena voluntad, y para quienes desde el SSM reconocemos la amistad y la comunión que nos unió a don Sergio Méndez Arceo, sabemos que su ejemplo no sólo es vigente, sino urgente por su radicalidad evangélica, en tiempos de fragilidad ética e insolidaridad global.

Recordarlo hoy es aceptar la tarea de seguir creyendo que otro mundo es posible y asumir, sin miedo, las consecuencias de esa fe revolucionaria. Mientras haya pueblos sometidos, mientras el imperialismo imponga su lógica de muerte, mientras la Iglesia dude entre el poder y el Evangelio, las palabras de don Sergio Méndez Arceo seguirán siendo necesarias, y su presencia, viva y profética.

©Secretariado Social Mexicano, a 6 de febrero de 2026